La carretera que llega a Mocoa desde el aeropuerto más cercano, el de Villagarzón, se ha convertido en un recorrido por el horror que vivió esta ciudad del sur de Colombia hace cuatro días. El río acompaña la vía: hoy no es más que un reguero de piedras gigantescas y otros restos de la catástrofe. En el costado izquierdo, antes de entrar a la población, se encuentra el cementerio. Está repleto de gente que ha ido a reclamar a sus familiares.

Muchos cadáveres no han sido identificados y existe el riesgo de que los cuerpos en descomposición se conviertan en un cúmulo de epidemias.

El olor es lo primero que uno siente al entrar en Mocoa. Huele a descomposición. Sólo algunos pobladores llevan tapa bocas para evitar enfermar. Las organizaciones de ayuda humanitaria insisten en el peligro de contagio de hepatitis A, que se adquiere por los alimentos o el agua en mal estado. Cada día que pasa crece el riesgo de que se propaguen enfermedades respiratorias, gastrointestinales y en la piel.

A José Ignacio Arcos lo que más le preocupa en este momento es qué va a pasar con su empresa familiar de chocolates, Choco Nacho. “Lo hemos perdido todo”, dice este señor de 60 años, que hace una década se trasladó a Mocoa desde Pasto, en el departamento vecino de Nariño, para intentar ganarse la vida como comerciante. “Hasta ahora habíamos conseguido salir adelante”, dice mientras avanza por su casa, señalando las marcas de agua que trepan más de metro y medio por las paredes, pisando con cuidado porque el fango se pega a sus pies. Él y su familia (su esposa e hijo, su hermano y un sobrino) duermen en casa de unos amigos que les acogen estos días.

http://www.elmundo.es/internacional/2017/04/04/58e3792fe5fdea842b8b45c1.html

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