TRUMP TOWER.- Foto: Internet
TRUMP TOWER.- Foto: Internet

La elección de Donald Trump plantea un nuevo desafío para la seguridad interna de Estados Unidos y las operaciones antiterroristas en ese país y en el exterior.

Trump es propietario, posee una participación o ha arrendado su nombre a muchas propiedades de todo Estados Unidos y el mundo. Un agresor podría decidir atacar una Torre Trump en Stuttgart, Alemania, un Hotel Trump en Corea del Sur o un campo de golf Trump en Dubai, en los Emiratos Árabes Unidos.

Un agresor incluso podría decidirse a atacar el famoso carrusel de Central Park en Nueva York, que también es propiedad de Trump.

La atracción es evidente: los hoteles, balnearios y condominios de Trump son “blancos suaves” vulnerables y no cuentan con ninguna de las estrictas medidas de seguridad que rodean a las embajadas estadounidenses o a otros edificios gubernamentales.

Aún mejor, la mayoría de esos blancos tienen el nombre del presidente escrito sobre ellos en enormes letras. Resulta claro que el daño simbólico de un ataque de esa naturaleza sería inmenso.

Sin embargo, lo que no resulta claro es qué tan grande es el riesgo que representa esta exposición y de qué manera Estados Unidos debe afrontarlo.

Un vistazo a la lista de las propiedades de Trump revela que varias de ellas están ubicadas en países con una gran inestabilidad y con un grave descontento civil. Por ejemplo, la Torre Trump en Estambul probablemente parecía una apuesta bastante segura hace cinco o 10 años, cuando Turquía trabajaba para ser admitida en la Unión Europea. Sin embargo, en la actualidad, gracias a las consecuencias de la guerra civil en Siria, al fallido golpe de Estado emprendido por el ejército turco y al reciente asesinato del embajador ruso en Turquía, el vecindario parece mucho menos seguro de lo que solía ser.

Las propiedades de Trump en naciones de mayoría musulmana podrían representar el mayor riesgo de ataque, dada la retórica de línea dura de Trump hacia el grupo militarista Estado Islámico (ISIS) y, en términos más generales, hacia los musulmanes y el Islam. La Torre Trump en Manila, por ejemplo, se encuentra a una cómoda distancia de ataque deAbu Sayyaf, un grupo islamista filipino que ha jurado lealtad a ISIS y que ya ha realizado ataques con bombas.

Trump también es propietario de inmuebles de alta visibilidad en Azerbaiyán, los Emiratos Árabes Unidos e India, países en los que hay uno o más grupos jihadistas. Ni siquiera la Torre Trump en Seúl podría estar segura: recientemente, ISIS calificó a Corea del Sur como enemiga del califato e intenta incitar ataques contra las instalaciones estadounidenses en ese país. En todas esas localidades, las Torres Trump podrían convertirse en un blanco irresistible.

Resulta claro que las propiedades de Trump representan un nuevo tipo de talón de Aquiles para Estados Unidos, pero ¿qué es exactamente lo que debe hacerse acerca de esta posible amenaza?

Una postura podría consistir en decir que Estados Unidos no debería hacer nada. Después de todo, el gobierno estadounidense no tiene ninguna responsabilidad legal de proporcionar seguridad a esos inmuebles privados. Sin embargo, desde el punto de vista práctico, parece obvio que un ataque de gran magnitud contra una de las torres de Trump tendría consecuencias políticas y de seguridad que irían más allá de la cuestión legal.

Por ejemplo, los ataques contra las embajadas estadounidenses, desde Teherán hasta Benghazi, siempre han provocado la ira y el apoyo a la venganza entre los ciudadanos estadounidenses. Al estar conscientes del simbolismo de un ataque contra una Torre Trump, es probable que los estadounidenses sientan lo mismo y presionen al gobierno estadounidense para que responda.

Quizás uno de los aspectos más importantes que debemos considerar a este respecto es la reacción del presidente mismo. ¿Cómo respondería Trump si la Torre Trump en Estambul quedara reducida a cenizas, matando a cientos de personas?

De acuerdo con todo lo que hemos visto desde que inició su campaña presidencial, parece probable que Trump tome un acto así en una forma extremadamente personal. Y dada su retórica intolerante sobre la forma de actuar contra el terrorismo, es posible que el presidente electo responda de manera emocional, utilizando su autoridad ejecutiva para tomar medidas extremas, más allá de las dictadas por un frío cálculo de costos y beneficios.

Por desgracia, una respuesta así no solo sería peligrosa y contraproducente para Estados Unidos, sino que les caería muy bien a los atacantes, cuyo objetivo sería provocar justamente ese tipo de reacción excesiva.

Una segunda posibilidad es que Trump se deshaga de sus posesiones privadas y comience a dar los pasos necesarios para rebautizar sus propiedades asociadas. Esto tendría el beneficio de disminuir notablemente el valor simbólico de las propiedades como blancos, al tiempo que reduciría simultáneamente el posible impacto emocional en Trump mismo. Un ataque contra un hotel que “solía” tener el nombre de Trump tiene menos probabilidades de ofender su ego y provocar que reaccione excesivamente.

Si Trump no está dispuesto a hacer esto, deberá crear un plan alternativo para garantizar que sus propiedades privadas y aquellas que llevan su nombre no lo expongan a un posible chantaje o provocación una vez que se convierta en presidente. Por desgracia, el rechazo de Trump a deshacerse de sus negocios, e incluso a reconocer la posibilidad de conflictos de intereses, indica claramente que no creará un plan de esa naturaleza y que ni siquiera admitirá que dicho plan es necesario.

Si actúa de esa manera, Trump estaría decidiendo dejar a Estados Unidos vulnerable en un nuevo frente de la batalla contra la violencia extremista.

Este artículo apareció por primera vez en el sitio web del Instituto Cato.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek

http://nwnoticias.com/#!/noticias/los-inmuebles-con-la-marca-de-trump-seran-blanco-de-ataques-terroristas

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