EL BIEN MAYOR …

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Ser pueblo o ser ciudadanos

Opinión de Víctor Manuel Aguilar Gutiérrez

 @aguilargvictorm

En el discurso del Presidente de la República, encontramos detalles que pocas veces nos detenemos a analizar, uno de ellos es el uso reiterado de algunas palabras sobre de otras, por ejemplo, la palabra “pueblo” sobre la palabra “ciudadano”. El uso del vocabulario obedece más a razones ideológicas que técnicas.

De acuerdo a la Real Academia de la Lengua Española “ciudadano, na” significa: “Habitante de un país, cuando tiene reconocida la totalidad de los derechos fundamentales consagrados en la respectiva Constitución, teniendo derecho a utilizar las garantías de protección de los mismos establecidos tanto en la norma fundamental tanto en la legislación que los desarrolla”; por otro lado, “pueblo” significa: “Conjunto de personas de un lugar, región o país”.

El artículo 39 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece que: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”.

“Pueblo” entonces es una masa amorfa de personas que habitan un territorio que junto con un gobierno forman un Estado, mientras que cuando en lo particular cada uno de las personas que forman ese pueblo ejerce y hace valer sus derechos y obligaciones, entonces ese conjunto de personas dejan de ser un pueblo en colectivo para convertirse en ciudadanos en particular.

El Presidente quiere un pueblo, no ciudadanos. Al pueblo se le puede manipular, a los ciudadanos no. El pueblo no tiene voz unísona, los ciudadanos en lo particular u organizados sí. Para el Presidente entonces el pueblo es él, en su concepción, solo él puede hablar en nombre del pueblo; sin embargo, la voz de los ciudadanos le aturde, más aun de los ciudadanos organizados.

Se habla de democracia participativa, sin embrago, estamos de regreso a un esquema más representativo que participativo. Las llamadas ONGs a través de las cuales diversos sectores de la sociedad civil se han organizado para atender diferentes temas de la vida pública y en las últimas décadas se han empoderado. Estas organizaciones hoy son señaladas como “poco confiables” desde el púlpito presidencial descalificándolas de manera general.

En las pasadas elecciones el pueblo, aquel en que reside la soberanía, a través de sus ciudadanos ejerció su derecho al voto como nunca, hizo valer su inconformidad y votó por un cambio. La desesperanza es tal que depositó su “Fe” en este gobierno más allá de toda lógica, logrando construir algo más parecido a una feligresía que a una ciudadanía.

Abusando del apoyo popular, el gobierno pretende sobornar y corromper al pueblo a través de la dadiva gubernamental de los programas sociales, para que este siga siendo pueblo y no quiera ser ciudadano.

El pueblo se deja sobornar y elije no decir nada frente al desmantelamiento de las instituciones, el desprecio a la Ley, y frente a la opacidad en el manejo de la administración pública que abre la puerta al más grande saqueo de las arcas públicas en la historia de México en las narices y con el aplauso popular.

Sin duda, los más de treinta millones de votos legitiman y le dan fuerza a este gobierno que tiene el apoyo del pueblo, la tarea y responsabilidad ahora es qué hace con todo ese apoyo. En las últimas décadas ningún gobierno ha tenido ese respaldo y los últimos gobiernos que lo tuvieron lo desperdiciaron usándolo solo para beneficiarse ellos mismos.

El reto de la llamada cuarta transformación, ya en el ejercicio del poder, es atender las demandas de los ciudadanos con voz, y no quedarse la comodidad del discurso escudado en el pueblo sin voz.

Aunque a algunos molesta, los ciudadanos deben exigir el cumplimiento de las promesas más sentidas porque para eso ejercieron su voto. Ese pueblo que no es más que ciudadanos con demandas específicas, requieren que se les devuelva la esperanza.

Cerrar los ojos a las demandas ciudadanas terminará por destruir nuestra incipiente democracia, minará la credibilidad en nuestras instituciones, nos retrocederá a los tiempos del caudillismo revolucionario. Para recomponer las cosas habrá que empezar de cero. Apenas van siete meses, quedan más de cinco años para rectificar.

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